jueves, enero 15, 2026
Vida social

El duelo en la vejez: pérdidas visibles e invisibles

Hablar de duelo en la vejez no es hablar de un solo acontecimiento, sino de una suma de despedidas.

Algunas son evidentes y socialmente reconocidas; otras, silenciosas, casi invisibles, pero igualmente profundas. Con los años, las pérdidas no solo se acumulan: también se resignifican.

En esta etapa de la vida, el duelo puede sentirse más intenso no necesariamente porque se sufra más, sino porque suele vivirse con mayor conciencia del tiempo, de los cambios irreversibles y, en muchos casos, con menos distracciones externas. Hay más espacio para recordar, para comparar el “antes” con el “ahora”, y para preguntarse quién soy después de lo perdido.

El duelo es una respuesta natural y esperable ante una pérdida significativa. No es una enfermedad, ni una debilidad, ni algo que deba “superarse” rápidamente. Es un proceso psicológico, emocional, social y, muchas veces, corporal, mediante el cual la persona intenta adaptarse a una nueva realidad sin aquello que era importante.

En la vejez, el duelo no siempre está asociado a una sola pérdida. Puede coexistir el duelo por una persona amada, por la salud, por la independencia, por un rol social o incluso por una versión previa de uno mismo. Esta superposición de duelos puede generar cansancio emocional, confusión o la sensación de estar “siempre en proceso de despedida”.

La evidencia muestra que cuando el duelo no es reconocido o validado, aumenta el riesgo de depresión, aislamiento social y deterioro funcional en personas mayores (Shear et al., 2011; Stroebe & Schut, 2016).

Tradicionalmente se habla de fases del duelo —negación, ira, negociación, tristeza y aceptación—, pero hoy sabemos que el duelo no es lineal. En la vejez, estas experiencias pueden aparecer mezcladas, repetirse o manifestarse de formas menos evidentes.

Por ejemplo, la negación puede expresarse como una aparente “fortaleza excesiva”, donde la persona evita hablar del tema. La tristeza puede manifestarse más como apatía, irritabilidad o síntomas físicos que como llanto. La aceptación no significa dejar de extrañar, sino aprender a vivir con la ausencia.

Es importante comprender esto tanto para la persona mayor como para sus familiares: no hay tiempos correctos ni formas universales de vivir el duelo.

Las pérdidas visibles suelen ser las más reconocidas socialmente. La muerte de la pareja, de amigos cercanos, de hermanos o incluso de hijos marca profundamente la experiencia del envejecimiento. También lo son las pérdidas relacionadas con la salud: un diagnóstico crónico, una discapacidad adquirida o la disminución de capacidades físicas.

Estas pérdidas suelen venir acompañadas de rituales, visitas, palabras de consuelo. Sin embargo, con el paso del tiempo, el apoyo tiende a disminuir, mientras que el dolor puede permanecer. Muchas personas mayores expresan que “ya no quieren molestar” hablando de su tristeza, lo que incrementa el riesgo de duelo complicado.

Aquí es donde el duelo en la vejez se vuelve más silencioso. Se pierde la rutina conocida, el rol laboral, la autonomía para manejar, la posibilidad de vivir solo, la imagen corporal, la red social que se va reduciendo poco a poco.

Estas pérdidas rara vez generan condolencias, pero afectan profundamente la identidad. Perder la capacidad de hacer algo que durante años definió quién eras puede generar una tristeza persistente, difícil de explicar incluso para quien la vive.

La investigación en gerontología señala que estas pérdidas invisibles, cuando no son reconocidas, pueden ser tan dolorosas como una pérdida por fallecimiento (Rando, 2012).

Si eres una persona mayor, es importante recordar que tu dolor es válido, aunque no siempre sea comprendido por otros. Pedir apoyo no es señal de fragilidad, sino de autocuidado.

Si eres familiar o cuidador, tu presencia puede marcar una gran diferencia. Escuchar sin corregir, permitir el silencio, evitar frases como “tienes que ser fuerte” o “ya pasó mucho tiempo” es una forma concreta de acompañar. El duelo no se acelera con presión; se suaviza con compañía.

Acompañar no siempre significa dar consejos, sino estar disponible emocionalmente, respetando el ritmo y las necesidades de la persona.

Cuando el dolor no disminuye con el tiempo, cuando hay aislamiento extremo, alteraciones importantes del sueño o apetito, pérdida de sentido de vida o pensamientos de muerte, es fundamental buscar apoyo especializado.

Psicólogos, tanatólogos y gerontólogos pueden ayudar a transitar el duelo de manera saludable. No se trata de “olvidar”, sino de integrar la pérdida a la historia de vida.

Envejecer implica aprender a despedirse, pero también a redefinir el significado de lo vivido. El duelo en la vejez no es una falla del envejecimiento; es una expresión profunda del amor, del apego y de la historia personal.

Nombrar las pérdidas visibles e invisibles es el primer paso para sanar. Porque cuando el duelo se reconoce, deja de ser una carga solitaria y se convierte en un proceso humano, compartido y, poco a poco, más habitable.

 

 

 

 

 

Elaborado por Jazmín Camacho | Gerontóloga